Smile, Lily, smile

Happy birthday to you, happy birthday to you, happy birthday dear Lily, happy birthday to you. Aaaah, qué tierno. La cantante inglesa está de cumpleaños hoy y llega a los 27 años. Una chiquita, pero el número es peligrosísimo si su profesión es ser estrella del rock o el pop. ¿Conoce el club de los 27? Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Amy Winehouse. Puros cracks que se pusieron el pijama de palo a esa edad. Casi todos por sus excesos de alcohol y sustancias, cosas que la querida Lily conoce de cerca.

Alguna vez reconoció ser dealer de éxtasis a los 15, cuando celebró el éxito de su canción “Smile” bromeó con que lo haría con “gak” = cocaína y un largo etcétera de episodios de esparcimiento extremo. Sí tuvo razón cuando criticó a los medios al decir que eran sexistas a la hora de cubrir la felicidad química de las estrellas. “James Blunt hace escándalos y nadie se preocupa. Nosotras (las artistas) hacemos algo y está en las portadas. Es triste”, afirmó.

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Un inexplicable y leve espectáculo

Seda (Alessandro Baricco, 1996) es una historia que le hace honor a su título. Suave, ligera como el éter. Se desliza por los dedos y por los ojos con gracilidad y generando un placer calmo. Armonía y ritmo con la cadencia de lo bello. La adjetivación podría ser interminable, pero todo el ejercicio confluiría en los sentidos, en cómo estos se abren a un mundo íntimo. Un mundo que es la apacible vida de Hervé Joncour en Lavilledieu, un pueblo francés, y que se altera levemente cada año cuando viaja a Japón.

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This was it

1. Se cumplió 1 año de la muerte del rey del pop.

2. Está claro que murió por sobredosis de pastillas, pero ¿fue un suicidio, un suicidio asistido, un homicidio? Las dudas en el caso, como sea, sólo hacen una cosa: aumentar el mito y seguir facturando dinero. Claro, para las disqueras.

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Saramago y Monsiváis: Adiós a dos grandes

Uno tenía 87 años, el otro 72. Uno ya no pudo más contra la leucemia y el otro aplicó banderas blancas ante una septicemia pulmonar. José Saramago, el “uno”, era portugués. Carlos Monsiváis, el “otro”, era mexicano. Dos personas únicas, pero unidas bajo el mismo vicio: las letras. En medio del torbellino rimbombante del planeta fútbol, ambos decidieron armar las maletas e irse silenciosamente de esta casa. Sin estridencias. Uno el viernes. El otro el sábado.

Las librerías, obviamente, desempolvarán sus obras y las pondrán en las vitrinas para rentabilizar sus decesos. Ejercicio normal dentro de los parámetros éticos del capitalismo, pero del cual no todo es terrible. ¿La razón? El invaluable aporte de sus plumas. Dos intelectuales que no negaban la cultura popular y que no callaban su visión de mundo. Saramago incondicional de las izquierdas y Monsiváis, en palabras de Elena Poniatowska, “una piedra en el zapato en la vida de México”.

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